
En la escalada, la cuerda y la mirada lo dicen todo.
La cuerda te tira cuando quieres avanzar rápido, y cuelga cuando quieres sentir su presencia tensa protegiéndote, se pone entre tus piernas cuando no la necesitas, bajo tus crampones cuando el paisaje te absorbe, y la sientes minúscula cuando cuelgas de ella. La cuerda te une al compañero, con suerte al amigo, a veces a un desconocido. La cuerda es tu línea de vida, y la de tu compañero, sois uno, sois uno para uno, uno por uno.
La mirada define al escalador, eso comentaba con mis compañeros, y siento esta forma vehemente de expresarlo, no es más que hablar por hablar, una humilde opinión, que no pretende ni de lejos ofender, señalar, o afirmar nada. Me pasa a veces que cuando conozco a alguien en la montaña, me sorprendo a mi misma hurgando en sus ojos, viendo una mirada limpia, unos ojos sin perturbación, sin barreras, con una transparencia que conmueve. Luego les observo escalando y veo la mirada moviéndose con la roca y la nieve, trasladándose a la boca en forma de sonrisa, de comentario gracioso en pleno momento delicado, de paso de baile en la pared, o de canturreo en una reunión incómoda. Esos ojos se distinguen rápidamente de la mirada de cerca, que no tiene nada de malo ni de bueno, simplemente es otra, es la del techo impuesto, la de la puerta cerrada. Se tiene o no se tiene. Puedes estirarla, puedes camuflarla, puedes ponerte lentes para ver de lejos; pero la mirada infinita sale de dentro. La mirada infinita se ríe cuando sale otro día horrible después de varios metidos en una tienda de campaña, y es capaz de soltar “Bienvenidos al día de la marmota” alegremente, sin pesar. La mirada infinita te sonríe desde la tienda de campaña de enfrente mientras cae una tormenta. La mirada infinita coge las gafas de sol confiando en el buen tiempo mientras todavía nieva. La mirada infinita te susurra “tranquila” cuando se te seca la boca y te tiemblan las piernas.
En los refugios de montaña ves todo tipo de miradas; en los Alpes hay muchas lejanas, algunas infinitas. Yo me he encontrado varios conflictos de miradas estos días. Cuatro personas, dos cordadas de 2. Arista Rochefort. Uno de nosotros no quiere seguir por aquel terreno estrecho, con patio a ambos lados. Cuerda y mirada se observan de frente. Quedamos 3. Yo miro a lo lejos y observo mi barrera, sé que de ese paso no voy a seguir, y si sigo, ¿en qué condiciones puedo hacerlo? ¿vale la pena? Si decido llegar hasta allí para luego volver, obligaré a mis dos compañeros (de mirada infinita) a acompañarme de vuelta, pues sin la cuerda no se debe transitar por esas aristas. Entonces, ¿con qué cara busco la obtusidad de mi mirada y obligo a mis compañeros a volverse sin haber visto ni de lejos su raya? Decido. Me quedo, sintiéndome de nuevo miope sin gafas, pero sabiendo que la cuerda que va hacia la arista no es la mía.
A su vuelta, junto al Diente del Gigante, las combinaciones posibles se reducen a una. Es un rompecabezas con una única solución. Dos cuerdas. Cuatro personas. Dos escaladores con recursos y dos “paquetes”. Pocas horas de margen. Si queremos ir los cuatro, no vamos nadie porque sólo hay dos cuerdas, y dan para una cordada. Si suben 3, irán demasiado lentos, y las posibilidades de éxito se reducen drásticamente. De subir, sólo dos pueden hacerlo, y deben ser ella y él. Ánimo chicos! Jorge y yo volvemos al refugio animados, por terreno mixto ya conocido, desde la Salle à manger al glaciar. Los compañeros tardarán muchas horas en llegar. Las aglomeraciones pudieron con la mirada, y el tiempo les ha quitado la cima cuando casi la rozaban con las manos.
Al final las decisiones no dependen ni de la mirada, ni de la cuerda.
La cuerda te tira cuando quieres avanzar rápido, y cuelga cuando quieres sentir su presencia tensa protegiéndote, se pone entre tus piernas cuando no la necesitas, bajo tus crampones cuando el paisaje te absorbe, y la sientes minúscula cuando cuelgas de ella. La cuerda te une al compañero, con suerte al amigo, a veces a un desconocido. La cuerda es tu línea de vida, y la de tu compañero, sois uno, sois uno para uno, uno por uno.
La mirada define al escalador, eso comentaba con mis compañeros, y siento esta forma vehemente de expresarlo, no es más que hablar por hablar, una humilde opinión, que no pretende ni de lejos ofender, señalar, o afirmar nada. Me pasa a veces que cuando conozco a alguien en la montaña, me sorprendo a mi misma hurgando en sus ojos, viendo una mirada limpia, unos ojos sin perturbación, sin barreras, con una transparencia que conmueve. Luego les observo escalando y veo la mirada moviéndose con la roca y la nieve, trasladándose a la boca en forma de sonrisa, de comentario gracioso en pleno momento delicado, de paso de baile en la pared, o de canturreo en una reunión incómoda. Esos ojos se distinguen rápidamente de la mirada de cerca, que no tiene nada de malo ni de bueno, simplemente es otra, es la del techo impuesto, la de la puerta cerrada. Se tiene o no se tiene. Puedes estirarla, puedes camuflarla, puedes ponerte lentes para ver de lejos; pero la mirada infinita sale de dentro. La mirada infinita se ríe cuando sale otro día horrible después de varios metidos en una tienda de campaña, y es capaz de soltar “Bienvenidos al día de la marmota” alegremente, sin pesar. La mirada infinita te sonríe desde la tienda de campaña de enfrente mientras cae una tormenta. La mirada infinita coge las gafas de sol confiando en el buen tiempo mientras todavía nieva. La mirada infinita te susurra “tranquila” cuando se te seca la boca y te tiemblan las piernas.
En los refugios de montaña ves todo tipo de miradas; en los Alpes hay muchas lejanas, algunas infinitas. Yo me he encontrado varios conflictos de miradas estos días. Cuatro personas, dos cordadas de 2. Arista Rochefort. Uno de nosotros no quiere seguir por aquel terreno estrecho, con patio a ambos lados. Cuerda y mirada se observan de frente. Quedamos 3. Yo miro a lo lejos y observo mi barrera, sé que de ese paso no voy a seguir, y si sigo, ¿en qué condiciones puedo hacerlo? ¿vale la pena? Si decido llegar hasta allí para luego volver, obligaré a mis dos compañeros (de mirada infinita) a acompañarme de vuelta, pues sin la cuerda no se debe transitar por esas aristas. Entonces, ¿con qué cara busco la obtusidad de mi mirada y obligo a mis compañeros a volverse sin haber visto ni de lejos su raya? Decido. Me quedo, sintiéndome de nuevo miope sin gafas, pero sabiendo que la cuerda que va hacia la arista no es la mía.
A su vuelta, junto al Diente del Gigante, las combinaciones posibles se reducen a una. Es un rompecabezas con una única solución. Dos cuerdas. Cuatro personas. Dos escaladores con recursos y dos “paquetes”. Pocas horas de margen. Si queremos ir los cuatro, no vamos nadie porque sólo hay dos cuerdas, y dan para una cordada. Si suben 3, irán demasiado lentos, y las posibilidades de éxito se reducen drásticamente. De subir, sólo dos pueden hacerlo, y deben ser ella y él. Ánimo chicos! Jorge y yo volvemos al refugio animados, por terreno mixto ya conocido, desde la Salle à manger al glaciar. Los compañeros tardarán muchas horas en llegar. Las aglomeraciones pudieron con la mirada, y el tiempo les ha quitado la cima cuando casi la rozaban con las manos.
Al final las decisiones no dependen ni de la mirada, ni de la cuerda.